miércoles, 20 de abril de 2016

Que el bosque no nos tape el árbol...

Hace tan solo una semana, entre lágrimas y abrazos interminables, se inauguraba el gimnasio polideportivo, una vieja promesa que el club le debía a los deportes amateurs. Este importante paso se suma a otros grandes proyectos terminados en este año que llevamos de normalidad institucional, que llena de alegría a toda la comunidad verdolaga. Las canchas de hockey, la nueva pensión y la construcción del nuevo jardín de infantes, más todas las pequeñas mejoras que se notan a simple vista, son grandes motivos de celebración. Uno camina el club y no puede otra cosa que emocionarse por el crecimiento que se palpa en obras, en cantidad de pibes ocupando todos y cada uno de los sectores disponibles, sabiendo de tantos años perdidos por desidia y abandono. Hoy podemos decir que Ferro nuevamente vive.

Hecha esta aclaración, también uno debe ser justo, y poner las cosas en su preciso lugar, porque a pesar del aire fresco que se respira en las otras disciplinas, el costado más sensible, aquel que quizás más nos representa como institución (mal que nos pese), muestra una cara totalmente distinta. El fútbol sigue siendo el talón de Aquiles de este Ferro renovado, que quiere resurgir para volver a ser un poco de todo aquello que fue. Y los malos resultados acumulados, las paupérrimas campañas de estos últimos años duelen, calan hondo en el hincha que, apurado entre calentura y resignación, termina tirando por la borda todo lo conseguido fuera del Ricardo Etcheverry. 15 años boyando en el ascenso y molesta ver como las culpas parecen caer siempre en los empleados, que pasan y dejan su insignificante granito en esta enorme montaña de arena: jugadores, técnicos, ayudantes de campo, preparadores físicos son ejecutados cuando las temporadas terminan y puestos para siempre en la lista negra, que ya alcanza muchas carillas. Luego se van y muchos de ellos de golpe aprenden a jugar a la pelota y se cansan de triunfar en absolutamente todos lados, menos en Ferro.

Alguna vez quizás podamos ir más allá, esquivar la salida fácil de culpar a los que ejecutan para poder mirar a los que deciden, a los que planean y diagraman los proyectos, tratando de buscar ahí la falla. Sin antorchas ni caza de brujas, simplemente hacer un sano ejercicio, poder parar la pelota y entender porqué los nombres pasan y la cosa parece estar empeñada en no cambiar. Una autocrítica seria, responsable y con la única intención de poder acompañar semejante crecimiento institucional también con el fútbol. Esto no empaña todo lo señalado en el primer párrafo ni nos convierte inmediatamente en golpistas que desoyen la voluntad popular. Todo lo contrario, debemos aprovechar la recuperada normalidad institucional, luego de años de dictadura judicial, para romper con los errores enquistados dentro de nuestro fútbol profesional. Aprender a separar lo general de lo particular, lo concerniente al club de lo estrictamente deportivo. La construcción del hermoso gimnasio polideportivo es algo que queda para siempre, pero de ninguna manera responde al problema de haber traído 3 laterales derechos  para terminar usando a Incorvaia por esa banda. Ni el importantísimo triunfo de ayer del básquet frente a Obras como visitante hace que duela menos el mal momento que está atravesando el equipo, por más que lo anuncien por altoparlantes en medio de los silbidos.


Ellos los dirigentes, nosotros los hinchas, todos podemos generar el cambio. Podemos repensar el fútbol sin por ello caerle con ese peso a lo logrado en las demás disciplinas. Podemos entender la necesidad de sumarle capacidad a la tan autoproclamada honestidad. Podemos romper con la histórica antinomia de ser un club “con” o “de” fútbol, que solo consiguió divisiones dentro de la familia verdolaga. Y por sobre todas las cosas, podemos separar el árbol del bosque o, como se titula esta nota, tratar de que el bosque no nos tape el árbol.

Publicado en www.ferrocarriloeste.com.ar Sección Fútbol|Crónica del último partido|2da Opinión

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